19 febrero 2010

La camisa del hombre feliz: desvaríos.

En un posteo anterior de CUENTOS TONTOS, conté la historia de La camisa del hombre feliz. Es una hermosa narración que está llena de simbolos y significados para conversar.
Estrechamente pensamos que los cuentos de hadas son para que los niños se queden dormidos o para distraerlos mientras luchamos para que se coman la siguiente cucharada de puré de verduras. Las peripecias de la princesa, del dragón, de la malvada bruja, del bobo que salva al reino, nos causan una sonrisa escéptica mientras le leemos la historia al niño, que con los ojos bien abiertos nos escucha y que soñará con los personajes esa noche.
Si apareciera un gurú extranjero  de mirada firme y penetrante que ante la pregunta de alguien del publico, "oiga, ¿que es la felicidad?" respondiese con este mismo cuento, quedaríamos fascinados. Pero como el cuento está en un libro de tapas de cartón con ingenuos dibujos, en la repisa de un cuarto de niño, su sabiduría se nos escapa.
En fin. A la vuelta la respuesta a la pregunta: ¿porqué el hombre feliz no tenía camisa?.

Los antiguos griegos amaban el teatro y montaban espectaculares representaciones en sus anfiteatros de piedra y mármol. Temas y situaciones colectivas se escenificaban para el regocijo y la atención de los ciudadanos. Los actores eran siempre hombres que usaban máscaras para definir los distintos personajes de la obra. Estas máscaras en griego se llamaban "personna", que significa "sonar a través ", pues a través de ellas el actor se expresaba. De ahi salieron personalidad y otras cuantas palabras.
Siglos despúes, el psiquiatra Carl Jung acuñó el termino "persona", para referirse a las máscara social que desarrollamos y llevamos puesta. Son los aspectos ideales que le mostramos al mundo exterior: es tanto una protección como una ventaja. Con esta persona cumplimos nuestro rol colectivo y ella comienza a formarse desde la infancia.
O sea la persona y el verdadero yo son distintos. La persona/máscara es un vehículo pero no corresponde a nuestra verdadera individualidad. Tenemos roles que representar en la vida cotidiana. Vamos de terno y corbata al trabajo. Nos mostramos atentos y diligentes. Usamos nuestros títulos como definición de quienes somos. Doctor, profesor, almirante, ministro. Es nuestro reflejo al exterior. El barrio en que vivimos, el auto que usamos, la marca de ropa con que nos vestimos, pertenecen a esa máscara adaptativa. En nuestro pais el, "¿donde vives?", sirve para clasificar de inmediato a un individuo.


La persona es necesaria, no podemos andar desnudos en el trabajo, tenemos roles que asumir y responsabilidades. Es parte importante de la civilización. Pero el error vital es creerse el cuento que uno "es" lo que muestra para afuera. Persona y ser repito, son estructuras distintas.
En nuestros tiempos se privilegia mas la construcción de la persona que del ser. Invertimos mucho tiempo en el modelo que le mostraremos a los demás y terminamos confundidos con quien relamente somos. Enchulamos nuestra máscara con ropa, maquillaje, status, amistades influyentes, posesiones, que nos definan ante los ojos ajenos.
Hay mascaras mas pesadas que otras y tienen a veces que ver con profesiones, con uniformes. La de cura por ejemplo. Se supone que el curita debe ser bueno, escucharnos todo el tiempo, ser sereno, dar paz, trabajar siempre por los demás y olvidarse de sí. ¡Ufff!. Me imagino que a veces se debe cansar y debe de tener ganas de mandar a la punta del cerro a la última señora de la tarde. Entonces lo invitan a un asado. "Voy a ir a relajarme", piensa, y cuando esta a punto de ingerir su primer bocado de jugosa carne, ocurre que alguien lo identifica: "usted es padre ¿no?", y ¡zas! que le empiezan a contar de problemas matrimoniales. Xao asado.
Los militares tienen mascaras pesadas. Son entrenados en la dureza, la obediencia, el tragarse los sentimientos. El uniforme implica un rol que es dificil de desvestir. Tal vez el coronel escribe poesía y querría dar un recital público. Aún no me ha llegado una invitación que diga: "el coronel Cañones le invita a usted a su recital de poesía que se presentará en..."
La sobre-identificación con la máscara es peligrosa. "Señor Ministro", "Doctor", "Licenciado", "General", "Director de la empresa", "Mamá", son roles y no seres. Un doctor nos deja apabullados con su pared tapizada de títulos y postgrados. Colgados detrás de su escritorio, estos que se produzca un aura brillante a su alrededor cuando esta sentado. "El sabe", pensamos. Claro que sabe. De lo que estudió. De su rol social y de su ciencia. Pero tal vez es un infeliz con sus hijos.
Por eso nos sorprendemos cuando leemos que tal cura era pedófilo, o tal personaje hizo cual barbaridad. Ahi asistimos asombrados via noticiario de la noche, que había una máscara que nos ocultaba del verdadero sujeto. En estos ejemplos, el ser se ha oscurecido, porque la mascara no dejó espacio a la expresión de nada espontáneo ni original: el yo verdadero.

Alguien vestido de terno Gucci y zapatos italianos es siempre bien recibido, pero el tipo puede ser un perfecto idiota. Estas "camisas" funcionan como una armadura que impide ser libre, sentarse en la vereda, caminar a pata pelá, subirse a un árbol, bailar.  Los demás tienen expectativas con la camisa que les hemos vendido.
Por ello se sabe que lo esencial es invisible para los ojos; se debe hurgar detras de los papeles distribuidos en esta gran ópera social.
Así el jardinero de nuestro cuento es feliz y no lleva camisa porque ha aprendido a sacarse su máscara. La usa, es un jardinero, todos lo saben y esperan ciertos actos de su rol, pero no está atado a él.
Los niños no tienen camisa. Andan sacándose la ropa a cada momento y los padres corremos detrá de ellos con un chaleco en la mano. Si el niño en la plaza recoge un palo, la mama le dice "no, caca". y le arrebata de las manos su oscuro objeto del deseo. ¿Por qué mejor no decirle?: "si, naturaleza". El hombre feliz no tiene camisa porque es un niño aún. No tiene verguenza de su cuerpo, de sus estrías, de sus cicatrices, de sus arrugas y su güata y las expone abiertamente. El botox es una máscara. Los músculos faciales se paralizan por semanas. "Ahora soy otra", piensa ella. Otra por afuera será. No hay bisturí que estire el ser.
En nuestro cuento ni el Rey, ni el Príncipe, ni aquel que usaba el polvo de la felicidad, eran felices. Traer una marraqueta bajo el brazo no fue suficiente. ¿Serán felices los políticos con sus gruesas máscaras y corriendo a Valparaíso a 150 kilómetros por hora?. ¡Que tremendo ser candidato a algo y poner caritas!. La máscara puede convertirse en una inconsciente actuación. ¿Serán felices los famosos, destruidos al menor error en su maquillaje?. ¿Era feliz el rey que lo tenía todo pero al mismo tiempo el temor de perderlo todo le angustiaba?. ¿Dará el poder la felicidad?. Napoleón terminó sus días en una insignificante isla, perdida en medio del Atlántico. Pinochet haciéndose el enfermito.
La felicidad, llamémosle equilibrio, paz y satisfacción interior (ná que ver con la euforia), se relaciona con el ser y no con la máscara. Esta última se encarga de los innumerables quehaceres cotidianos. El ser de lo fundamental y lo trascendente.
Y este ser no usa camisa. Prefiere andar piluchito, ligero por la vida.


2 comentarios:

  1. La camisa del hombre feliz, León Tolstoi.
    El padrecito de Olegario Lazo Baeza, Chicago Chico de Armando Mendez Carrasco, las fábulas de Esopo, Corazon de Edmundo de Amicis y un sinfín de lectura, ¿apropiada o no apropiada? para niños, son legado importante para formar a un futuro adulto. ¿Existen temas vedados a priori?.
    No lo creo y no debiera ser. La maldad está en los ojos y almas de las personas. El ser bondadosos o maldadosos. En toda esa morbosidad que inspira los prejuicios y las discriminaciones, desamor por el prójimo en el trascurso de la vida. Mucho de todo esto, que a futuro nos conducirá a ser humanos felices, depende del entorno temprano, sin por eso decir de que seremos seres perfectos y de padres más sagrados. La lectura, las leyendas, fábulas, parábolas, el amor por la historia y la geografía,son fundamentales. Ojalá captarlo todo. Una gran filosofía de vida. Nos incubarán el amor por nuestra tierra, sus recursos, nuestros congéneres más allá de las palabras.
    La personificación en animales, del viento que manda mensajes, el agua que habla, la tierra que sufre, etc, forma impresiones imborrables en un niño, captandolo como parte nuestra que se debe amar, respetar. Alguien que leyó la Cabaña del tío Tom, cuando niño, no puede ser racista, o clasista, posteriormente. La higuera de Juana de Ibarbourou, nos enseña a abrir el corazón, para no solo ver, sino sentir la belleza oculta grandiosa que subyace en la existencia del mundo vivo e inerte. En que no todo es lo físico, material, que tanto apreciamos, versus el desprecio de lo mágicamente oculto.

    Y es cierto, el hombre feliz no necesitaba camisa, como las mujeres buenas, no necesitan perfumes. Nada que ocultar.

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  2. Este Tonto cuento de hadas, lo leí en la radio, cuando en ese momento recibía mensualmente la revista UNO MISMO en forma gratuita. Me sirvió en aquellos momentos año 2002, porque se adaptaba perfecto al mensaje que yo quería transmitir.
    "El hombre feliz" no usa camisa, es solo una metáfora. El ser humano será feliz o seremos felices el día que actuemos desde el corazón, sin armaduras, sin modelos saliéndose de los viejos paradigmas que ya no sirven.
    El niño nace con toda la sabiduría en su interior. Está en los padres, hermanos y maestros entender que solo necesita un papel en blanco para que lo llene con su propio trazo .Los niños son tratados como vasijas vacías a las que hay que llenar con información, cuando hoy sabemos que todo, absolutamente todo está en nuestro interior.
    Despertar dijo Antonhy de Mello. Que no sea un mero hecho biológico sino "Ver" mas allá del horizonte...DESPERTAR...es darse cuenta que no Eres quien Crees Ser.
    Me gusta esta versión del cuento, mas que la de Tolstoi.

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