Había una vez un Rey que gobernaba sobre extensos territorios y sobre muchos pueblos. A pesar de todo su poder el Rey tenía un grave problema: su hijo mayor, el Príncipe heredero, llevaba meses triste y abatido, y se pasaba los días encerrado en sus aposentos, rechazando la compañía de otros nobles y evitando las alegres diversiones de la corte.
Muchos médicos de renombre le habían examinado, sin lograr descubrir el origen de su profunda depresión. Los tratamientos recetados tampoco habían dado el resultado deseado.
Fué cuando el Principe comenzó a negarse a ingerir alimentos, que el Rey se preocupó seriamente. Ordenó entonces que todos los sabios, eruditos, maestros y médicos del reino se presentasen de inmediato en la corte para deliberar y encontrar una cura a la tristeza del joven Príncipe. Llegaron de los cuatro puntos cardinales y durante una semana, de día y de noche, se reunieron en apasionado conciliábulo, intentando responder a lo que el rey les exigía. Finalmente, se presentaron ante el trono, con los ojos enrojecidos por las largas deliberaciones.
Sigue a la vuelta.

