19 julio 2010

Las crisis de pasaje. (1)

Al sentarnos en el diván del psicoterapeuta, lo más frecuente es que expresemos temas y motivos de la infancia que nos afectan en el momento presente y por los cuales aún sufrimos: que papá tuvo la culpa, que anhelo la protección de mamá, o que esta era muy fría y competía conmigo, que aquella escena de los cinco años no se me olvidará jamás, que tuve que crecer a pesar del entorno negativo, que esos años son un paraíso perdido, que repito el mismo patrón con los hombres...
Sufrimos de tortícolis crónica, condenados a mirar siempre hacia atrás, con el peligro de transformarnos en una estatua de sal. Quedamos generalmente fijos a imágenes no conjuradas de la infancia, sin posibilidad de pasar a los motivos de la edad adulta.
El problema es complejo. Una de las funciones de la cultura es darle a sus mujeres y hombres un sistema de símbolos que acompañe, adecue, y dé significado a las distintas etapas de su desarrollo. Hay un viaje del cual todos participamos y cuyo recorrido se extiende desde el momento de la concepción hasta la muerte. Cada cultura debería entregar a sus miembros las imágenes que los identifiquen con cada ciclo de ese viaje, los símbolos que los hagan partícipes de un orden universal que los lleva de la mano desde la tumba del útero al útero que es la tumba.
Sigue...


Durante milenios, las distintas sociedades se han proporcionado tramas culturales que sustentan este viaje común. Los ritos, mitos y ceremonias que conforman las religiones, los sistemas de gobierno, las ideologías, las etapas del desarrollo, la enfermedad y sus tratamientos, son la columna vertebral de cada cultura. Pase lo que pase, sus miembros se sienten insertos en algo mayor y transpersonal.
Uno de los tipos de ceremonias más importantes para todos los pueblos, han sido los rituales de iniciación, también llamados rituales de pasaje. Cada etapa del desarrollo humano debe ser sustentada por símbolos extraídos de su cultura local, que al iniciado y a su entorno social les defina que alguien ha nacido, que luego este es un niño, más adelante un adulto, que ahora esta casado, que ya es viejo, y que por fin ha muerto. El pasaje del útero al nacimiento, de la infancia a la adultez, de la vida soltera al matrimonio, de la adultez a la vejez, y de ésta a la muerte, son los umbrales claves a ser superados. Las iniciaciones marcan el acceso a otro nivel de conciencia, la de niño, la de adulto, la de casado, la de viejo. Cualquier transformación incompleta, cualquier apego a las ideas fijas de un ciclo en detrimento del siguiente, cualquier negación al desarrollo, nos dejará como seres incompletos, siempre mirando hacia atrás.

EDIPO Y HAMLET


Ambos personajes representan algunos de los oscuros peligros que acechan a los viajeros del ser, sino el más peligroso, el llamado de ambos padres a que el hijo quede eternamente bajo su influencia, sin iniciarse en la vida adulta. De Edipo, sabemos que se casa con su madre y mata a su padre, quedándole vedado establecer una vida sentimental propia, y de Hamlet, que vaga por los lóbregos y fríos pasillos de un castillo de Dinamarca asistiendo a las apariciones de un padre muerto que le clama venganza. ¿Son ellos meros sujetos mitológicos y literarios?...
No, pues Edipo vive aún en las grandes ciudades, en los amores desesperados cantados por los boleros, en el fracaso de ser adultos, en los amores perros; y Hamlet está vivo en los hijos que siguen las órdenes de sus padres que les susurran como fantasmas medievales: “estudia esto y no esto otro, cásate con esa mujer , renuncia a tu poder y te querré eternamente...”.
La cultura dominante actual no entrega un sistema simbólico-ceremonial suficiente a mujeres y hombres modernos. Vivimos bajo el imperio del neo-liberalismo capitalista, cultura globalizada y distribuida por todo el mundo. Los símbolos de esta cultura son exclusivamente materiales, simples señales, insuficientes ante las complejas necesidades humanas, y su expansión a significado la destrucción de culturas ricas y cargadas de poderosos rituales y mitos, como son las de las etnias originales. Al mismo tiempo las religiones han ido perdiendo el sitial interior que poseían en muchos, quedando el ser humano abandonado a su propia suerte. Edipo, Hamlet y Electra, hoy se sientan confundidos en el sillón del terapeuta, preguntándose quienes son.
Uno de los rituales de iniciación arrasados por la modernidad, cuyos neuróticos efectos están encarnados por estos tres personajes “jamás iniciados”, es el pasaje a adultos. En un momento del desarrollo, debemos cortar con actitudes y normas de vida ligadas a la infancia y acceder a otra esfera de ideas y sentimientos correspondientes con el “ser adultos”. La mente y el cuerpo del niño deberán separarse de la protección de la madre y entrar a través de difíciles pruebas en la psique y el mundo de la vida adulta. Cuando el proceso se haya completado, el “iniciado” se sentirá como vuelto a nacer, y no será más niña o niño, sino mujer y hombre.
Los antiguos habitantes de Tierra del Fuego, tejían durante la infancia de sus hijos, historias de monstruos y seres maléficos que se aparecían de improviso entre los bosques de lengas a los que osaban adentrarse solos. Era tarea de hombres el conjurarlos, y los niños corrían el peligro cierto de ser devorados. Los púberes eran separados de las mujeres y sometidos a dura instrucción física y sicológica por los adultos, antes de ser enfrentados con estos seres monstruosos, personificados por hombres disfrazados.
Rituales de circuncisión entre los aborígenes australianos, ceremonias e instrucción sexual establecidas en torno a la primera menstruación de la niña, inclusión del púber en el oficio de su padre, abordar un endeble bote de madera y permanecer en alta mar por una noche entre los pueblos pescadores, iniciación con sustancias enteógenas, son distintas formas bajo lo cual las diversas culturas establecían una especie de “marca” a esos niños, marca que les decía: ahora eres un adulto, el mundo infantil ha quedado irremediablemente atrás. 
Continuará...





7 comentarios:

  1. Me ha enganchado tu post desde el primer párrafo. Quizá porque me siento "dolidamente" identificada por él...

    Aún siendo una adulta que ya ha pasado de la treintena, me siento "ligada" a mi infancia de una forma casi imposible de superar. Es curioso, porque casi no tengo recurdos de mi niñez. Hasta los 15 ó 16 años apenas tengo recurdos. Los puedo contar con los dedos de la mano. Eso si, como decías en las primeras lìneas, recuerdo un día como si fuera ayer. Con 8 años, un coche atropeyó a mi padre y allí le vi morir. Y es algo que me "persigue" y que no sé cómo superar. Y no sólo eso, trás ese accidente, siguieron otros que no trajeron a mi casa mucha paz...

    Así que me veo condenada a ser un eterno Peter Pan...

    ResponderEliminar
  2. Al igual que el comentario anterior, me siento 'dolidamente' identificada, pero creo que eso nos llama a realizar un acto conciente de iniciación hacia la adultes, porque o sino solo deberíamos resignarnos a cargar dolores e incapacidades. Siento yo que al final debemos ser capaces de sacudirnos las ataduras infantiles y asumirnos con mayor integridad, tranformando en bastones o apoyos nuestras antiguas debilidades y no en bolsones que nos mantienen permanentemente sumidos en una condición de edipo. Bueno no sé... a mi me alienta también el reconocerme en lo bueno y en lo malo ... ese es el llamado!

    ResponderEliminar
  3. Solo para decir, que la iniciacion a la adultez la estoy viviendo recien.

    dejando atras las heridas y rasguños de la infancia ,aprendiendo amar de verdad sin esperar,el amor es capaz de cerrar esas grandes cicatrices del alma .
    Gracias .

    ResponderEliminar
  4. Estoy en etapa de dejar atras el echarle la culpa de mis desgracias a mis progenitores, prfesores y demases. El esfuerzo por salir de esa comoda excusa y asumir solita que ya estoy grandecita es una tarea algo ingrata pero muy liberadora, dejar mochilas llenas de excusas es una sensacion extraña pues la liviandad al pricipio descompensa, es como estar acostumbrada a una posicion para llevar peso y sentir que ahora puedo enderezarme.
    gracias IA

    ResponderEliminar
  5. Creo que justamente el llamado del autor de este post es a no sentirse dolidamente identificada. Y el mensaje central es que la cultura dominante no permite establecer ritos que marquen un antes y un después, en esa majamama que queda luego de pasar la infancia y la juvetud. Hasta hoy reconozco a niños adoloridas en hombres adultos y a niñas sometidas en mujeres adultas. Yo sentí ser una de ellas hasta hace poco. Cuando la tortícolis empezó a ceder y dejé los paradigmas por años aprendidos, fue un poco más fácil avanzar. Es más, diría que hasta delicioso y feliz. Ya no me importaron los tabúes del sexo ni lo que pudieran decir de ellos: es placer y para ello estamos hechos, son los residuos católicos en mí los que me impedían entenderlo de otra manera. Y aunque trabaje como burra, el fin justifica los medios: llegar a mi casa y sólo ver sonrisas me dice que estamos en el buen camino. De eso trata la vida. Larga o corta, depende en dónde estés parado, pero siempre e impajaritablemente avanzando. Enjoy!

    ResponderEliminar
  6. ...Personalmente estoy comenzando a vivir como adulta recien a los 37 años, me he equivocado harto pero me gustaría facilitar el camino de mi hijo de 17 a una adultez a tiempo (¿cuando es el momento? y ¿de que manera?), para que su vida adulta no comience tan tardíamente, si me pudieras dar un consejo te lo agradecería mucho...

    ResponderEliminar
  7. recientemente he visto que aun sigo siendo una pequeña asustada del mundo, que me aterroriza los grandes muros que salvar siendo tan pequeñita, realmente es doloroso ser pequeña cuando lo exterior me exige una madurez impoluta. Ahora comienzo el camino de la adultez, pero no se por donde empezar!!!!!. Salvar y traer a la luz los ritos ancestrales que tanto nos pueden ayudar a vivir con integridad y dulcemente, quiero invitar-nos a practicár nuestros propios ritos de crecimiento.
    gracias

    ResponderEliminar